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22 febrero 2012 3 22 /02 /febrero /2012 20:49

Mi problema con Gastón Acurio

Hasta hace unos pocos días, mi problema con Gastón Acurio no era, en verdad, un problema con él (un tipo exitoso y de muchas maneras admirable en lo suyo), sino con la manera rebañesca, monótona, aburrida y hastiante en que los peruanos lo han convertido en el gran ícono de la peruanidad, desplazando a figuras que merecen mayor atención pero que, básicamente, son más difíciles de digerir porque no le hablan a nuestro estómago sino a nuestra inteligencia. No existe hoy un solo artista, escritor, intelectual, científico, político, humanista o científico social que ocupe el pensamiento de los peruanos de la manera en que lo ocupa Gastón Acurio, ni siquiera nuestro reciente Premio Nobel de Literatura.

En la imaginación de los peruanos, Acurio es una especie de renacentista resurrecto, capaz de todo: si escribe un discurso facilón y huachafo, con retórica de animador motivacional, sobre el pundonor del empresario futurista, el discurso se vuelve el texto más leído y elogiado del país. Se le ha dotado de un aura extraña en la que parece reunirse el artista con el hombre práctico, el patriota con el negociante, el compadrito con el héroe y el visionario con el ejecutivo. Una especie de ser quimérico perfecto para estos tiempos donde los libros de cuentas son la literatura más popular: un artista que produce dinero.

Y la verdad, claro, es que Gastón Acurio es un notable hombre de negocios que al parecer, además, resulta carismático: sus negocios parecen tocados por un halo de prosperidad que a la mayoría de los peruanos los deslumbra y, cosa curiosa, los hace sentirse orgullosos, entre otras cosas porque él mismo les ha hecho ver que el producto que él vende lo han construido ellos (aunque en verdad se los venda a ellos: he ahí la magia del negociante).

La prensa y la televisión, por supuesto, son los medios que mejor lo han acogido y, fuera del circuito restaurantero, son el negocio que más gana con él: una portada suya, la enésima entrevista, la centésima repetición de un programa de treinta minutos que duraría cinco si se editaran los “uhms” y los “wows” parecen absolutamente irresistibles para la audiencia peruana. Por eso, quizás, la noticia de que Gastón Acurio inaugura un restaurant en New York rebota en todos nuestros medios, pero las feroces críticas negativas de la prensa americana que juzga que ese restaurant es insufriblemente aburrido, no repercuten en ninguna parte.

(Dicho sea de paso: ¿será por eso que la única rama del universo culinario que Acurio no ha promovido en el Perú es la crítica gastronómica?).

En fin: es enteramente cierto que si en el Perú hubiera un número considerable de empresarios semejantes a Gastón Acurio, con la misma vitalidad y la misma entrega a su trabajo, nuestra economía estaría un poquito más viva y más llena de expectativas. Pero también es cierto que un país en el que un cocinero-empresario es permanentemente consultado sobre política, sobre economía, sobre producción, sobre nutrición, sobre educación y sobre artes, propuesto para la presidencia y mencionado como la voz oficial del sentido común, como si el hecho de haber separado las papas fritas de la carne en el lomo saltado lo volviera un nuevo Leonardo, un país en el que eso sucede, digo, es un país que ha perdido groseramente la perspectiva de las cosas.

Ahora, claro, viene el tema del famoso artículo de Iván Thays en un blog de El País. Como otros chefs, Acurio ha escrito ya alguna respuesta en su cuenta de Twitter: “La verdad que ni le hago caso ni sé quién es”, es lo que ha dicho Gastón Acurio sobre Iván. Cabe entender que si no le hace caso es porque no cree que su opinión sea válida. Siendo casi la única opinión conocida que va en contra de las celebraciones del boom gastronómico peruano, digamos que es un tanto altanero responder que simplemente no le hace caso porque no es alguien conocido para él. No sé en qué momento de imbecilidad colectiva la perfección de la comida peruana se convirtió en dogma indisputable del peruanismo. Pero eso, en verdad, no es lo que quiero subrayar, sino otra cosa. Quiero hablar de cuál es, ahora, mi problema con Gastón Acurio.

Gastón Acurio es, este 2012, uno de los miembros del jurado del concurso anual de cuento de la revista Caretas, un concurso tradicional, que lleva más de veinte años concitando la atención de escritores jóvenes y de escritores consagrados y que, de hecho, alguna vez ha convertido en consagrados a autores muy jóvenes y ha dado el primer impulso a sus carreras literarias. Un concurso que alguna vez ganara el gran Edgardo Rivera Martínez y sobre el cual, curiosamente, el mismo Thays escribió en su primera columna del blog de El País, apenas una semana antes.

¿Cómo y por qué es que Gastón Acurio acepta ser miembro del jurado de un concurso literario? La respuesta es, obviamente, que la revista le ofrece esa posición porque cree que su presencia mágica llamará a más lectores, que convertirá a sus comensales consuetudinarios en súbitos amantes de las letras. ¿Pero por qué acepta Acurio? ¿Y por qué debería la esfera literaria peruana aceptar que el chef-empresario tiene alguna idea de cómo decidir que una obra literaria es mejor que otra, más válida o más original o más valiosa o más encomiable?

Hasta donde yo sé, la única oportunidad en que Acurio ha tenido la ocasión de demostrar que tiene alguna idea acerca de la literatura que se escribe en el Perú en las últimas décadas fue cuando se le preguntó sobre la opinión de Iván Thays. Y su respuesta fue que no tiene la menor idea de quién es Iván Thays. Lo que es particularmente llamativo porque resulta que Iván Thays es, oh ironías de ironías, el más conocido y reconocido novelista peruano de la generación de Acurio.

Así que, si la idea es que Iván Thays no puede opinar sobre cocina porque no es un experto, porque a Gastón Acurio no le parece que su opinión sea válida (a pesar de que Iván, supongo yo, ha pasado los últimos cuarenta años comiendo tres veces al día y tiene papilas gustatorias y lo demás), si la idea es que Iván debe callarse la boca por aquello de zapatero a tus zapatos, entonces Gastón Acurio debería dejarse de sinvergüenzadas y reconocer que no tiene ninguna calificación para ser jurado en un concurso de literatura, y renunciar de una vez.

Porque, aunque para él esto resulte una novedad, quien ejerce el papel de jurado en un concurso literario, lo que está haciendo es ejercer una forma práctica e inmediata de crítica literaria, algo para lo cual hace falta conocimiento y entrenamiento, una forma de crítica para la cual no basta con “uhms” y “wows”. Hay una razón por la cual los jurados literarios se forman con escritores, críticos y editores y no con las primeras cuatro personas que pasen por la vereda de enfrente.

Flaco favor le hace Caretas a sus concursantes diciéndoles que su trabajo va a ser juzgado por alguien que no tiene manera alguna de hacerlo con un mínimo de legitimidad. Pero más flaco es el favor que le hace Acurio a los peruanos si, al mismo tiempo que infunde una ética de trabajo profesional en su área, corrompe el profesionalismo y la seriedad de otras áreas en las que simplemente no tiene nada que hacer: lo siento mucho, un chef no es un artista ni un intelectual y en algún momento los artistas y los intelectuales peruanos deberían hacérselo saber. La literatura es idealmente para todos, pero la crítica literaria no lo es. Cocinero, a tus sartenes.

 

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Published by jaime ariansen - en 14 COCINAS DEL PERÚ
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