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5 diciembre 2011 1 05 /12 /diciembre /2011 16:31

 

Por: Manuel Corral - Xunta de Galicia - España

Cuando se habla de ostracismo o destierro, generalmente pensamos en la Antigua Grecia, donde era común este tipo de pena que el Estado podía imponer a una persona por haber cometido un delito o una fechoría, o porque su presencia era considerada perniciosa o peligrosa para el resto de la sociedad. La pena era considerada tan grave que se ubicaba inmediatamente debajo de la pena de muerte, de hecho, el incumplimiento de la pena de destierro se sancionaba con la muerte. Sin embargo, el destierro podía ser temporal o perpetuo, de acuerdo a la gravedad de la ofensa. Claro que es difícil recorrer la historia de España sin encontrar reiterado el término exilio o expulsión.

 

Como muestra podemos mencionar la expulsión de los judíos en 1492, o de los moriscos en 1609. El amor de los sefardíes por su patria española está simbolizada por la tradición de conservar la llave de su casa (a la que soñaban volver) y mantener el idioma (ladino, o castellano antiguo), su música y su gastronomía en el exilio forzado, cruel y definitivo.

Se repitieron expulsiones (de los ‘afrancesados’) en 1814, de los liberales, en 1823, de los republicanos en los aciagos días que siguieron a la Guerra fratricida de 1936, con especial crueldad en casos como en el de los denominados ‘niños de Rusia’. A esta altura, de todas maneras, nadie duda que la expulsión de enormes contingentes de población bajo el término de ‘emigración’ es asimilable al de exilio, aunque se insiste en que exiliado es toda persona que tuvo que salir del país por serias razones políticas, y emigrado el que lo hace por razones económicas, como si el mismo hecho de la emigración masiva no denunciara el fracaso de una política económica, o la intencionalidad de la misma para atacar a un grupo social determinado, y obligarlo a irse.

 

En un interesante ensayo, Noe Jitrik intuye en los conquistadores españoles a verdaderos exiliados, hombres y mujeres obligados a emigrar por razones diversas. Dice que los llamados ‘conquistadores’, fundadores de ciudades o simples soldados de fortuna, se decidieron por iniciar tamañas y peligrosas empresas porque, por una razón u otra, la Inquisición, la miseria, el desamparo, no podían seguir viviendo en España, y al llegar a su destino (de destierro) se encontraron con quienes no habiendo sido exiliados (los indígenas), lo fueron después de su llegada.

Estos conquistadores, estos pioneros de las masivas emigraciones, se quedaron para siempre, y su exilo se convirtió en otra cosa, en el mejor de los casos en una nostalgia por una tierra perdida, que ni siquiera había sido del todo propia. Jitrik ve este exilo a América como una herencia de los españoles, junto al idioma y la cultura en general, y analiza las expulsiones y destierros en la historia argentina. En la larga y lógicamente incompleta lista, que incluye a Echeverria, Mármol, Mitre, Perón, Puiggros, Orgambide, Rosas, Eloy Martínez, Gelman, o Daniel Moyano, se intuye siempre un fondo de frustraciones y un sentimiento de pérdida, fueran cuales hayan sido las razones para irse del país en cada caso. Compromiso militante, riesgo de muerte, imposibilidad de trabajar; en definitiva las razones para emigrar, desterrarse, siempre son tantas como las situaciones y sentimientos individuales. En este contexto, afirma Jitrik, no se puede ignorar que hubo tradicionalmente exilios elegidos, de Manuel Ugarte a principio de siglo XX, de Julio Cortázar, de Daniel Devoto, de Rodolfo Wilcock, de César Fernández Moreno, de Juan José Saer, de Manuel Puig décadas después, y de muchos más, la nuevas camadas que escriben en Europa (Clara Obligado, Andrés Neumann) que algo tuvieron que ver con la formación del cuerpo llamado literatura argentina, precedidos, desde luego, por algunos que hicieron historia, como Mariano Moreno, a quien el exilio se le acabó apenas había comenzado, San Martín, que si bien no era escritor, su mito abrió ríos de tinta, o Alberdi, que escribió infatigablemente y cuyos escritos tal vez no incidieron en la literatura –Sarmiento se lo llevaba todo– sí lo hicieron en la conciencia nacional.

Exiliados o emigrados, a nosotros, ¿España nos quiere fuera, lejos, olvidados, apátridas? Las reformas en la ley electoral que afecta el voto en el extranjero parecen indicar que ese es el sentimiento de muchos políticos; la escasa participación de los inscriptos en el CERA les habrá alegrado la mañana post-electoral. Ni siquiera importa que entren en la misma bolsa quienes tuvieron que dejar su patria hace 50 años, los que emigraron a Francia, Suiza o Inglaterra en la década del 70, los que llegaron aquí para quedarse con las empresas españolas en la era Menem, y los ¿emigrados? que llegan ahora mismo arrastrados por la fenomenal crisis económica que arrasa a toda Europa, y a España en particular. No parece buen momento para seguir expulsando ciudadanos, sino para respetar sus derechos, empezando por el derecho a voto sin restricciones, y por crear una o varias circunscripciones en el extranjero. Hay que sumar, no restar. La visión de aquellos que bajaron de las pequeñas naos de madera, logra que millones de personas, un continente, hablara castellano o portugués (herencia da nosa doce lengua galega); la miopía y egoísmo de ciertos dirigentes desdeña semejante patrimonio. Huelgan las palabras, vamos a la mesa.

Ingredientes-Mero al horno: 1½ de mero en filetes, 1 cebolla, 2 dientes de ajo, 1 cucharadita de perejil picado, 1 cucharadita de pimentón, jugo de un limón, 4 cucharadas de aceite, 50 gramos de pan rallado, sal, 500 gramos de papas.

Preparación: Limpiar el pescado, salarlos y colocarlos en una fuente de horno y rociar con el jugo de limón. Aparte, en una sartén, rehogar la cebolla bien picada. Cuando esté tierna agregar los ajos, retirar del fuego e incorporar el pimentón. Verter sobre el pescado, espolvorear el pan rallado y llevar a horno 180° por 25 minutos. Servir con ensalada de papas y perejil picado.

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Published by jaime ariansen - en 05 G. EUROPA
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